| Es
decir, a la occidentalización emanada de la doble revolución
de Francia e Inglaterra, cuyas consecuencias más inmediatas
impusieron, mediante la colonización cultural, una nueva forma
de organización política y económica a los pueblos. De esta
manera, la América Española estalló en revoluciones a comienzos
de siglo, convirtiendo aquellos virreinatos criollos en Repúblicas
liberales, con sistemas de gobierno independientes, constituciones
propias, y la lucha por el control de una educación laica, que
fue el pilar de la civilización preconizado por los fervorosos
adeptos del liberalismo. Hecha la revolución,
sobrevino un momento más difícil: el de la reorganización de
la sociedad. Y como una nación no es solo un espacio geográfico,
sino también un espacio cultural, fue en este momento de disputas
por el lugar vacío del Rey, en el que emergieron del suelo social
una pluralidad de discursos, que apuntaron a legitimar o a deslegitimar
los distintos sistemas de organización propuestos desde los
distintos sectores. Así, los fervorosos adeptos de la utopía
liberal, oponían orgullosos el discurso cientificista al discurso
religioso, como desmitificador y racionalizador de aquellas
preguntas para las cuales el poder ibérico depositaba su fe
en una voluntad extra-mundana. Análogo fue el cambio producido
en la esfera política, pasando de la organización en torno a
un sistema monárquico, a la organización en un sistema democrático
y liberal, que tarde o temprano terminó por imponerse en toda
la región. En tanto que en la esfera económica se había abandonado
un viciado comercio lineal, para incorporarse al incipiente
mercado global. Todos estos cambios socavaron profundamente
la forma de percibir el mundo para estos criollos devenidos
en autócratas. Tal impacto, por supuesto, trajo aparejada
una fuerte preocupación por la cuestión de la tradición nacional,
demandando la creación de íconos y trazando una nueva historia.
Hacía falta diferenciarse de España, pero también hacía falta
diferenciarse de las naciones vecinas, y cada uno de los jóvenes
estados puso rápidamente en práctica los mecanismos de su propia
diagramación interna. La construcción de las naciones había
comenzado, y la tradición formaba un papel destacado en tal
empresa, pues su lugar es el de establecer un puente de sentido
entre dos imposibles: el momento fundacional y el futuro. Ella
explica de donde venimos y hacia dónde vamos. De ahí que los
distintos sectores que se dirimían el poder, combatiesen enconadamente
por apropiársela.
Estas nuevas naciones, que ya cargaban en sus
espaldas con una identidad escindida, híbrida, criolla, debían
ahora desangrarse una vez más en la disputa siempre inconclusa
entre lo universal y lo particular. El futuro, de la mano del
Progreso, era el limbo de lo universal. Lo propio, lo que pertenecía
al dominio de lo particular, (que se relacionaba directamente
con la lengua y con los otros cuerpos con historia que habitaban
este espacio) era el infierno. De la construcción de esas categorías,
se encargaron, entre otras disciplinas, la literatura y el discurso
médico.
En este clima de ideas es que abordaremos la
figura de Gabino Barreda
[1] (1818-1881), quien fuera uno de los más grandes positivistas
mexicanos. Introductor del pensamiento de Comite, y médico de
cabecera de Porfirio Díaz, tuvo un rol activo en el gobierno
de Juárez como organizador del nivel preuniversitario aplicado
en la actual Escuela Nacional Preparatoria.
Imbuido en la decisiva influencia de los ensayos
Positivismo y Nación en América Latina; y Poderes
de la Nación: Educar y Encerrar (incursiones en el positivismo
mexicano) de Oscar Terán
[2] , es que nace este trabajo cuya única pretensión será
pensar y, por momentos tan solo reseñar, algunas de las resonancias
que el discurso médico tuvo en el proceso de construcción de
naciones y nacionalidades en América latina, durante las décadas
de 1860 y de 1870. Tomando a Barreda como faro, revisaremos
en algunas de sus obras los modos mediante los que este patriota
letrado buscaba otorgar legitimidad a las aspiraciones de una
clase que se sentía naturalmente destinada al poder, así como
apuntar a su modo particular de construir una tradición.
En los tres textos breves de Gabino Barreda
que este trabajo tomará en consideración, conocidos como De
la Educación Moral (1863); la Oración Cívica de Guanajuato,
(1867); y la Carta dirigida a Mariano Riva Palacio, (1870),
se intentará leer una serie de tópicos que los recorren y que
estarían poniendo de manifiesto el momento y el lugar en el
que el rol del intelectual, cuya misión consistía en nombrar
la nación, fue ocupado, entre otros, por representantes del
discurso médico.
En primer lugar habría que decir que no es
casual esta comunión entre medicina, Estado y sociedad, pues
fue característico del Positivismo Latinoamericano tanto su
capacidad para hablar desde las instituciones, como la predilección
por la figura del médico, cuya grilla taxonómica fue utilizada,
por las ideologías de Estado, para crear un discurso en el cual
aquellos que no podían ser normalizados, eran identificados
como la causa del retroceso y el oprobio de los pueblos. Esta
comunión de discursos, derivó en lo que fue leído por la historia
contemporánea como una “...medicalización del derecho,
(que) formaba sistema con la patologización de los fenómenos
sociales disonante con el ordenamiento nacional programado por
los sectores modernizantes” (O. Terán, Pág. 32). La gran capacidad
taxonómica, por la cual le era posible identificar y clasificar,
en el cuerpo social, aquellos otros elementos que eran
entendidos como inadecuados, amorales y hasta enfermos, hará
que el discurso médico sea altamente valorado por la historia
y la filosofía durante esta época.
Hay un hilo subterráneo entre los textos: De
la Educación Moral (1863); la Oración Cívica, (1867);
y la Carta dirigida a Mariano Riva Palacio, (1870). Ese
hilo subterráneo es la cohesión y la coherencia de las ideas
de Barreda, cuando menos en el período que atraviesa estos años.
Resumiremos cada uno de ellos a sus conceptos fundamentales,
para tratar de comprenderlos, y para intentar, a su vez, indagar
en los modos de una sensibilidad que tuvo su auge entre la segunda
mitad del siglo diecinueve y la primea guerra mundial.
En el primero de los tres, Barreda discute
sobre el sentido del bien y de la moral, aduciendo que el discurso
teológico los ha explicado desde siempre como efectos de una
causa extra-mundana y sobre-natural, para luego decir sin ocultar
su soberbia, que el discurso científico es capaz de dar “una
explicación racional de la conciencia y sus remordimientos”
(G. Barreda, Pág. 117). En una disputa por la definición de
categorías y la construcción de sistemas de percepción de lo
real, el sentido de lo moral ya no deberá tener una forzado
contrato con Dios, sino que ahora el discurso dominante ha encontrado
una respuesta objetiva y material para suplirlo. En palabras
del mismo Barreda: “la indicación que naturalmente se
presenta para lograr el perfeccionamiento del individuo y aún
de la especie, será desarrollar los órganos que presiden a las
buenas inclinaciones y disminuir en lo posible aquellos que
presiden a las malas” (G. Barreda, Pág. 118). El modo de actuar
sobre estos órganos productores de bien y de mal, será mediante
la recomendada gimnasia intelectual, que será necesario
cultivar mediante un programa extensamente desarrollado siete
años después en la Carta dirigida a Mariano Riva Palacio.
El lugar del Hombre de Dios, es ocupado por el
Hombre de Ciencia; y el cura le entrega su sotana al
médico.
A esta primer materialización de lo moral,
le sigue una curiosa reflexión sobre la libertad individual,
que se presenta como la respuesta anticipada para futuros detractores.
Gabino se apresura a aclarar que ha pensado ya en la posibilidad
de que su método pudiera ser leído como una restricción a las
libertades del sujeto civil, tan preciadas para el liberalismo.
Justamente por eso es que expone una argumentación basada en
la observación de fenómenos físicos simples, que le otorga la
clave para redefinir la verdadera libertad individual,
que dista mucho de la imagen del sujeto que obra sin sujeción
a la ley, pues precisamente “la plena sujeción a las leyes caracteriza
(...) la verdadera libertad” (G. Barreda, Pág. 121). Nos encontramos
entonces con que la autonomía individual es limitada por la
verdad, que a su vez tiene un marco legal, fundado y regulado
por el Estado. De esta manera, Gabino cierra su texto aduciendo
que la ciencia ha llegado a lograr lo que todas las religiones
han fracasado, es decir, el fundar principios indestructibles
y universales.
En segundo lugar, en la Oración Cívica de
Guanajuato (1867), Barreda abre el texto celebrando la comunión
entre política y ciencia, aduciendo que resulta imposible, por
esos momentos, que la política marche sin apoyarse en la ciencia
y, consecuentemente, también que la ciencia marche sin sujetarse
a la política. Esta nueva comunión entre estos dos elementos,
es lo que abrió la puerta a los pueblos libres de América a
producir su triple emancipación política, científica y religiosa.
La ciencia es definida por este atento discípulo del positivismo
como la matriz conceptual a través de la cual el mundo debe
ser leído, y tras de cuyo cuerpo marchaba displicentemente la
teología con su discurso extra-mundano. Pero no todo habían
sido victorias luego de la etapa revolucionaria, y es por eso
que en su lectura de la historia del pueblo mexicano, predomina
la idea de que luego de 1821, sobrevino la guerra civil como
consecuencia del mal desempeño de los hombres de poder, y del
carácter heteróclito de los elementos políticos que habían quedado
dispersos luego de la retirada del antiguo régimen. Rápidamente
se dibujan dos facciones, una compuesta por representantes del
clero y el ejército; y otra compuesta por las inteligencias
nacionales emancipadas, promotoras del progreso y de la libertad.
En palabras de Gabino, pueden leerse estas coordenadas en las
que uno de los bandos representa el atraso y el otro su visible
contracara, pues “...al separar enteramente la iglesia del estado
(...) México dio el paso más avanzado que nación alguna ha sabido
dar, en el camino de la civilización y el verdadero progreso
moral” (G. Barreda, Pág. 91). Ahora bien, en la lectura de Gabino,
el momento histórico que consagra a México como gran nación
moderna, es la resistencia a los intentos imperiales de Napoleón
III y el posterior asesinato de Maximiliano. Las categorías
hasta entonces inconmovibles de la Europa docta y de la América
pupila, se invierten súbitamente en la figura del sobrino de
Napoleón, y llevará a Gabino a definir el problema como un cruce
ente “... el retroceso europeo y la civilización americana”
(G. Barreda, Pág. 95). Francia, otrora promotora de un ideario
a cuya base se había organizado la revolución, es ahora la responsable
de esa “farsa” o “ridícula mojiganga”, con la que se intentó
hacer retroceder al pueblo mexicano de su estado de nación libre
al oscuro dominio de nueva colonia imperial. En la defensa de
los derechos republicanos de México, es que Barreda ensalza
el pacto político celebrado con el vecino del Norte, Estado
Unidos, y en especial la intervención heroica de hombres como
Juárez, quienes aún en los peores momentos lucharon enconadamente
por levantar la insignia mexicana, que en ese momento particular
se confunde con la insignia del liberalismo y del progreso.
Ahora bien, así como durante el tiempo de la colonia, había
dos bando enfrentados, uno conformado por el clero y el ejército
y otro por las inteligencias progresistas, en el momento del
desembarco de las tropas imperiales francesas, esa duplicación
vuelve a hacerse presente y a dividir a la sociedad mexicana.
El intento de Napoleón III, interpretado como la punta a partir
de la cual hacer caer todas las democracias en América, es sostenido
desde México por “un clero ignorante que se imagina vivir en
plena Edad Media” (G. Barreda, Pág. 101). A este universo de
retrógradas se opone el partido liberal, que en es entendido
por Barreda como “el único partido nacional” (G. Barreda, Pág.
103). En esta fusión entre liberalismo y nacionalismo mexicano,
hay una implicación del ideario liberal y de la historia política
de México, que confunde lo más próximo y esencial a la patria,
con un cúmulo de saberes y de ideas, que habiendo sido adoptados
como extranjeros en un principio, son ahora entendidos como
naturales. El Progreso, la Ilustración, la Libertad (en el sentido
que la burguesía liberal le impartió a ese término) son lo natural,
lo prometedor, lo propio. Todo lo demás, pertenece al dominio
de lo extranjero, o de lo inauténtico, y estará condenado de
antemano por la historia a desaparecer. Libertad, Orden y Progreso
deberán ser la divisa del pueblo mexicano, como el triple color
de su bandera, insignia inconmovible del defensor de la democracia
en el mundo.
Una vez definidos los conceptos de apropiación
de lo moral por el discurso científico en detrimento del discurso
teológico, y revisado el trazo de la historia que Barreda construye
y que tiene como corolario la plena identificación de lo nacional
con el ideario liberal, entraremos en el tercer y último de
los textos que a este trabajo le tocará revisar, La Carta
dirigida a Mariano Riva Palacio (1870). Esta contiene el
programa planeado por Barreda para el nivel preparatorio de
la educación superior. Este plan de estudios tiene un claro
fin didáctico y político. Dirigido a todas las clases y a todas
las carreras por igual, perseguirá construir un suelo común
de saberes homogéneos, cuya misión consistirá en normalizar
a los sujetos para el efectivo dominio del Estado, aspiración
en la que ya habían fracasado el discurso teológico y el uso
de la fuerza militar. Ante estas dos tentativas frustradas,
lo que se recomienda como más eficaz es la ordenación de la
realidad en una forma enciclopédica. En palabras de Barreda,
para satisfacer esta necesidad de la sociedad actual hay que
“llevarla por el único medio capaz de conseguirlo, que es una
educación sistemáticamente calculada para este fin” (G. Barreda,
Pág. 11). El hecho de que esta educación sea impartida a todas
las profesiones, se funda sobre el principio que dentro de una
sociedad emancipada como la imagina Barreda, todos deben tender
hacia lo mismo: el bienestar social, y por ende deberán partir
de idénticos principios. “Una educación en que se cultive el
entendimiento y los sentidos, sin el empeño de mantener por
fuerza tal o cual opinión, tal o cual dogma político o religioso,
(...) una educación, repito, emprendida sobre tales bases, y
con el sol deseo de hallar la verdad (...) no puede menos de
ser (...) el más seguro preliminar de la paz y el orden social...”
(G. Barreda, Pág. 15).
Oposición de discurso científico a discurso
teológico, trazado de un pasado glorioso y un presente venerable
íntimamente emparentado con lo liberal, y planeamiento de un
programa educacional homogéneo como base del Progreso y del
orden social, son las tres coordenadas que Barreda traza para
la consagración de la emancipación que había nacido de la Revolución
y que terminaría por tener su consagración histórica en la expulsión
de las tropas de Napoleón III y el consecuente asesinato de
Maximiliano. El médico, quien entre las décadas de 1860 y principio
del Siglo XX, irrumpió en la escena social como promotor de
un discurso que obtenía su legitimación por vecindad con la
Verdad, fue en quien los poderes públicos demandaron la misión
de nombrar la nación. Ese trabajo es precisamente el que opera
Barreda desde su íntima relación con el poder, tanto como médico
personal de Porfirio Díaz, y como funcionario político del gobierno
de Juárez. Recuperar sus textos y su figura, es también recuperar
un trozo de la identidad del pueblo mexicano. |