Año II N° III - ISSN No.:1540-4471
 

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  CHARLAS LITERARIAS  

Positivismo, Medicina y Nación en América Latina
 

“En el tercer cuarto del siglo XIX América Latina tomó el camino de la occidentalización en su forma burguesa y liberal con mayor ahínco, y en ocasiones con más brusquedad que cualquier otra zona del mundo, excepto Japón, pero las consecuencias fueron decepcionantes” (Hobsbawm, Eric, La Era del Capital, Pág. 132).

Tal como lo señala el epígrafe de Hobsbawm, fue en América Latina y en Japón donde el discurso de la burguesía liberal fue implementado con más brusquedad, y donde, por lo tanto, ese nuevo cúmulo de saberes y de mecanismos de organización de un espacio-nación, debió enfrentarse a una tradición que aún mantenía arriba los estandartes de un modelo cuya suerte ya parecía estar echada. Siguiendo a Hobsbawm, diremos que desde mediados del siglo XIX, el futuro de los pueblos dependía de su capacidad por alinearse, más o menos eficientemente, al discurso que preconizaba el Progreso y la Libertad.

Ezequiel Vinacour
Editor Asociado
Informedica Journal.

Es decir, a la occidentalización emanada de la doble revolución de Francia e Inglaterra, cuyas consecuencias más inmediatas impusieron, mediante la colonización cultural, una nueva forma de organización política y económica a los pueblos. De esta manera, la América Española estalló en revoluciones a comienzos de siglo, convirtiendo aquellos virreinatos criollos en Repúblicas liberales, con sistemas de gobierno independientes, constituciones propias, y la lucha por el control de una educación laica, que fue el pilar de la civilización preconizado por los fervorosos adeptos del liberalismo.

Hecha la revolución, sobrevino un momento más difícil: el de la reorganización de la sociedad. Y como una nación  no es solo un espacio geográfico, sino también un espacio cultural, fue en este momento de disputas por el lugar vacío del Rey, en el que emergieron del suelo social una pluralidad de discursos, que apuntaron a legitimar o a deslegitimar los distintos sistemas de organización propuestos desde los distintos sectores. Así, los fervorosos adeptos de la utopía liberal, oponían orgullosos el discurso cientificista al discurso religioso, como desmitificador y racionalizador de aquellas preguntas para las cuales el poder ibérico depositaba su fe en una voluntad extra-mundana. Análogo fue el cambio producido en la esfera política, pasando de la organización en torno a un sistema monárquico, a la organización en un sistema democrático y liberal, que tarde o temprano terminó por imponerse en toda la región. En tanto que en la esfera económica se había abandonado un viciado comercio lineal, para incorporarse al incipiente mercado global. Todos estos cambios socavaron profundamente la forma de percibir el mundo para estos criollos devenidos en  autócratas. Tal impacto, por supuesto, trajo aparejada una fuerte preocupación por la cuestión de la tradición nacional, demandando la creación de íconos y trazando una nueva historia. Hacía falta diferenciarse de España, pero también hacía falta diferenciarse de las naciones vecinas, y cada uno de los jóvenes estados puso rápidamente en práctica los mecanismos de su propia diagramación interna. La construcción de las naciones había comenzado, y la tradición formaba un papel destacado en tal empresa, pues su lugar es el de establecer un puente de sentido entre dos imposibles: el momento fundacional y el futuro. Ella explica de donde venimos y hacia dónde vamos. De ahí que los distintos sectores que se dirimían el poder, combatiesen enconadamente por apropiársela.

Estas nuevas naciones, que ya cargaban en sus espaldas con una identidad escindida, híbrida, criolla, debían ahora desangrarse una vez más en la disputa siempre inconclusa entre lo universal y lo particular. El futuro, de la mano del Progreso, era el limbo de lo universal. Lo propio, lo que pertenecía al dominio de lo particular, (que se relacionaba directamente con la lengua y con los otros cuerpos con historia que habitaban este espacio) era el infierno. De la construcción de esas categorías, se encargaron, entre otras disciplinas, la literatura y el discurso médico. 

En este clima de ideas es que abordaremos la figura de Gabino Barreda [1] (1818-1881), quien fuera uno de los más grandes positivistas mexicanos. Introductor del pensamiento de Comite, y médico de cabecera de Porfirio Díaz, tuvo un rol activo en el gobierno de Juárez como organizador del nivel preuniversitario aplicado en la actual Escuela Nacional Preparatoria.

Imbuido en la decisiva influencia de los ensayos Positivismo y Nación en América Latina; y Poderes de la Nación: Educar y Encerrar (incursiones en el positivismo mexicano) de Oscar Terán [2] , es que nace este trabajo cuya única pretensión será pensar y, por momentos tan solo reseñar, algunas de las resonancias que el discurso médico tuvo en el proceso de construcción de naciones y nacionalidades en América latina, durante las décadas de 1860 y de 1870. Tomando a Barreda como faro, revisaremos en algunas de sus obras los modos mediante los que este patriota letrado buscaba otorgar legitimidad a las aspiraciones de una clase que se sentía naturalmente destinada al poder, así como apuntar a su modo particular de construir una tradición.

En los tres textos breves de Gabino Barreda que este trabajo tomará en consideración, conocidos como De la Educación Moral (1863); la Oración Cívica de Guanajuato, (1867); y la Carta dirigida a Mariano Riva Palacio, (1870), se intentará leer una serie de tópicos que los recorren y que estarían poniendo de manifiesto el momento y el lugar en el que el rol del intelectual, cuya misión consistía en nombrar la nación, fue ocupado, entre otros, por representantes del discurso médico.

En primer lugar habría que decir que no es casual esta comunión entre medicina, Estado y sociedad, pues fue característico del Positivismo Latinoamericano tanto su capacidad para hablar desde las instituciones, como la predilección por la figura del médico, cuya grilla taxonómica fue utilizada, por las ideologías de Estado, para crear un discurso en el cual aquellos que no podían ser normalizados, eran identificados como la causa del retroceso y el oprobio de los pueblos. Esta comunión de discursos, derivó en lo que fue leído por la historia contemporánea como una “...medicalización del derecho, (que) formaba sistema con la patologización de los fenómenos sociales disonante con el ordenamiento nacional programado por los sectores modernizantes” (O. Terán, Pág. 32). La gran capacidad taxonómica, por la cual le era posible identificar y clasificar, en el cuerpo social,  aquellos otros elementos que eran entendidos como inadecuados, amorales y hasta enfermos, hará que el discurso médico sea altamente valorado por la historia y la filosofía durante esta época.

Hay un hilo subterráneo entre los textos: De la Educación Moral (1863); la Oración Cívica, (1867); y la Carta dirigida a Mariano Riva Palacio, (1870). Ese hilo subterráneo es la cohesión y la coherencia de las ideas de Barreda, cuando menos en el período que atraviesa estos años. Resumiremos cada uno de ellos a sus conceptos fundamentales, para tratar de comprenderlos, y para intentar, a su vez, indagar en los modos de una sensibilidad que tuvo su auge entre la segunda mitad del siglo diecinueve y la primea guerra mundial.

En el primero de los tres, Barreda discute sobre el sentido del bien y de la moral, aduciendo que el discurso teológico los ha explicado desde siempre como efectos de una causa extra-mundana y sobre-natural, para luego decir sin ocultar su soberbia, que el discurso científico es capaz de dar “una explicación racional de la conciencia y sus remordimientos” (G. Barreda, Pág. 117). En una disputa por la definición de categorías y la construcción de sistemas de percepción de lo real, el sentido de lo moral ya no deberá tener una forzado contrato con Dios, sino que ahora el discurso dominante ha encontrado una respuesta objetiva y material para suplirlo. En palabras del mismo Barreda:  “la indicación que naturalmente se presenta para lograr el perfeccionamiento del individuo y aún de la especie, será desarrollar los órganos que presiden a las buenas inclinaciones y disminuir en lo posible aquellos que presiden a las malas” (G. Barreda, Pág. 118). El modo de actuar sobre estos órganos productores de bien y de mal, será mediante la recomendada gimnasia intelectual, que será necesario cultivar mediante un programa extensamente desarrollado siete años después en la Carta dirigida a Mariano Riva Palacio. El lugar del Hombre de Dios, es ocupado por el  Hombre de Ciencia; y el cura le entrega su sotana al médico.

A esta primer materialización de lo moral, le sigue una curiosa reflexión sobre la libertad individual, que se presenta como la respuesta anticipada para futuros detractores. Gabino se apresura a aclarar que ha pensado ya en la posibilidad de que su método pudiera ser leído como una restricción a las libertades del sujeto civil, tan preciadas para el liberalismo. Justamente por eso es que expone una argumentación basada en la observación de fenómenos físicos simples, que le otorga la clave para redefinir la verdadera libertad individual, que dista mucho de la imagen del sujeto que obra sin sujeción a la ley, pues precisamente “la plena sujeción a las leyes caracteriza (...) la verdadera libertad” (G. Barreda, Pág. 121). Nos encontramos entonces con que la autonomía individual es limitada por la verdad, que a su vez tiene un marco legal, fundado y regulado por el Estado. De esta manera, Gabino cierra su texto aduciendo que la ciencia ha llegado a lograr lo que todas las religiones han fracasado, es decir, el fundar principios indestructibles y universales. 

En segundo lugar, en la Oración Cívica de Guanajuato (1867), Barreda abre el texto celebrando la comunión entre política y ciencia, aduciendo que resulta imposible, por esos momentos, que la política marche sin apoyarse en la ciencia y, consecuentemente, también que la ciencia marche sin sujetarse a la política. Esta nueva comunión entre estos dos elementos, es lo que abrió la puerta a los pueblos libres de América a producir su triple emancipación política, científica y religiosa. La ciencia es definida por este atento discípulo del positivismo como la matriz conceptual a través de la cual el mundo debe ser leído, y tras de cuyo cuerpo marchaba displicentemente la teología con su discurso extra-mundano. Pero no todo habían sido victorias luego de la etapa revolucionaria, y es por eso que en su lectura de la historia del pueblo mexicano, predomina la idea de que luego de 1821, sobrevino la guerra civil como consecuencia del mal desempeño de los hombres de poder, y del carácter heteróclito de los elementos políticos que habían quedado dispersos luego de la retirada del antiguo régimen. Rápidamente se dibujan dos facciones, una compuesta por representantes del clero y el ejército; y otra compuesta por las inteligencias nacionales emancipadas, promotoras del progreso y de la libertad. En palabras de Gabino, pueden leerse estas coordenadas en las que uno de los bandos representa el atraso y el otro su visible contracara, pues “...al separar enteramente la iglesia del estado (...) México dio el paso más avanzado que nación alguna ha sabido dar, en el camino de la civilización y el verdadero progreso moral” (G. Barreda, Pág. 91). Ahora bien, en la lectura de Gabino, el momento histórico que consagra a México como gran nación moderna, es la resistencia a los intentos imperiales de Napoleón III y el posterior asesinato de Maximiliano. Las categorías hasta entonces inconmovibles de la Europa docta y de la América pupila, se invierten súbitamente en la figura del sobrino de Napoleón, y llevará a Gabino a definir el problema como un cruce ente “... el retroceso europeo y la civilización americana” (G. Barreda, Pág. 95). Francia, otrora promotora de un ideario a cuya base se había organizado la revolución, es ahora la responsable de esa “farsa” o “ridícula mojiganga”, con la que se intentó hacer retroceder al pueblo mexicano de su estado de nación libre al oscuro dominio de nueva colonia imperial. En la defensa de los derechos republicanos de México, es que Barreda ensalza el pacto político celebrado con el vecino del Norte, Estado Unidos, y en especial la intervención heroica de hombres como Juárez, quienes aún en los peores momentos lucharon enconadamente por levantar la insignia mexicana, que en ese momento particular se confunde con la insignia del liberalismo y del progreso. Ahora bien, así como durante el tiempo de la colonia, había dos bando enfrentados, uno conformado por el clero y el ejército y otro por las inteligencias progresistas, en el momento del desembarco de las tropas imperiales francesas, esa duplicación vuelve a hacerse presente y a dividir a la sociedad mexicana. El intento de Napoleón III, interpretado como la punta a partir de la cual hacer caer todas las democracias en América, es sostenido desde México por “un clero ignorante que se imagina vivir en plena Edad Media” (G. Barreda, Pág. 101). A este universo de retrógradas se opone el partido liberal, que en es entendido por Barreda como “el único partido nacional” (G. Barreda, Pág. 103). En esta fusión entre liberalismo y nacionalismo mexicano, hay una implicación del ideario liberal y de la historia política de México, que confunde lo más próximo y esencial a la patria, con un cúmulo de saberes y de ideas, que habiendo sido adoptados como extranjeros en un principio, son ahora entendidos como naturales. El Progreso, la Ilustración, la Libertad (en el sentido que la burguesía liberal le impartió a ese término) son lo natural, lo prometedor, lo propio. Todo lo demás, pertenece al dominio de lo extranjero, o de lo inauténtico, y estará condenado de antemano por la historia a desaparecer. Libertad, Orden y Progreso deberán ser la divisa del pueblo mexicano, como el triple color de su bandera, insignia inconmovible del defensor de la democracia en el mundo.

Una vez definidos los conceptos de apropiación de lo moral por el discurso científico en detrimento del discurso teológico, y revisado el trazo de la historia que Barreda construye y que tiene como corolario la plena identificación de lo nacional con el ideario liberal, entraremos en el tercer y último de los textos que a este trabajo le tocará revisar, La Carta dirigida a Mariano Riva Palacio (1870). Esta contiene el programa planeado por Barreda para el nivel preparatorio de la educación superior. Este plan de estudios tiene un claro fin didáctico y político. Dirigido a todas las clases y a todas las carreras por igual, perseguirá construir un suelo común de saberes homogéneos, cuya misión consistirá en normalizar a los sujetos para el efectivo dominio del Estado, aspiración en la que ya habían fracasado el discurso teológico y el uso de la fuerza militar. Ante estas dos tentativas frustradas, lo que se recomienda como más eficaz es la ordenación de la realidad en una forma enciclopédica. En palabras de Barreda, para satisfacer esta necesidad de la sociedad actual hay que “llevarla por el único medio capaz de conseguirlo, que es una educación sistemáticamente calculada para este fin” (G. Barreda, Pág. 11). El hecho de que esta educación sea impartida a todas las profesiones, se funda sobre el principio que dentro de una sociedad emancipada como la imagina Barreda, todos deben tender hacia lo mismo: el bienestar social, y por ende deberán partir de idénticos principios. “Una educación en que se cultive el entendimiento y los sentidos, sin el empeño de mantener por fuerza tal o cual opinión, tal o cual dogma político o religioso, (...) una educación, repito, emprendida sobre tales bases, y con el sol deseo de hallar la verdad (...) no puede menos de ser (...) el más seguro preliminar de la paz y el orden social...” (G. Barreda, Pág. 15). 

Oposición de discurso científico a discurso teológico, trazado de un pasado glorioso y un presente venerable íntimamente emparentado con lo liberal, y planeamiento de un programa educacional homogéneo como base del Progreso y del orden social, son las tres coordenadas que Barreda traza para la consagración de la emancipación que había nacido de la Revolución y que terminaría por tener su consagración histórica en la expulsión de las tropas de Napoleón III y el consecuente asesinato de Maximiliano. El médico, quien entre las décadas de 1860 y principio del Siglo XX, irrumpió en la escena social como promotor de un discurso que obtenía su legitimación por vecindad con la Verdad, fue en quien los poderes públicos demandaron la misión de nombrar la nación. Ese trabajo es precisamente el que opera Barreda desde su íntima relación con el poder, tanto como médico personal de Porfirio Díaz, y como funcionario político del gobierno de Juárez. Recuperar sus textos y su figura, es también recuperar un trozo de la identidad del pueblo mexicano.

Notas:

[1] Todas las referencias a Gabino Barreda fueron tomadas de: Barreda, Gabino, “Estudios”, Ediciones UNAM, 1941, México D.F.

[2] Todas las referencias a Oscar Terán fueron tomadas de: Terán, Oscar, “En busca de la ideología argentina”, Catálogos, 1986, Buenos Aires.


Ezequiel Vinacour

ezequiel@informedicajournal.org